8.8.06

Disolución

Hay una función del cuerpo todavía desconocida, un proceso químico que nos empuja hacia el amor. Pequeños ácidos en glándulas perdidas, o los intercambios de fluidos en una región del cerebro o el corazón. Cada célula del cuerpo ha visto pasar esa substancia liviana y misteriosa que se transforma en vacío al llegar al estómago.
No hay ejercicio ni voluntad que lo retenga. Es imprevisible. Nunca dominamos el amor, y sus certezas son más duras que la verdad. En el amor todo es espera o sorpresa.
Hay maneras fáciles de morir, una vez que se conoció el efecto de esos jugos corporales. La violencia arrastra lo que queda del remordimiento, como un residuo moral que hay que desechar. Algunos se liberan con sólo dirigir la cabeza hacia algo duro, para que el líquido se disuelva en el asfalto y el cuerpo quede lánguido. A otros los inunda la imposibilidad, y el amor los rellena, como a un muñeco de trapo tirado en una cama. Otros quedan concentrados en un punto negro en el centro de sus cráneos, enloquecidos.
Pero en algunos cuerpos, el amor se disuelve. Queda el alcohol de otra noche, una vaga presencia que no aturde. Y esa disolución necesita de garantías. Palabras reales, administración emocional y concentración sobre pequeños objetivos. Hay que evitar los días nublados y la lástima.
El camino es hacia atrás. Volver a las esquinas, a los puntos en los que se dividió el destino. Es un trámite de supervivencia, en el que se instala la vergüenza y se otorgan culpas.
Y se perdona.
Todo lo que tenía sentido queda suspendido por las ganas.
La lógica queda detrás del temperamento. Y ya no hay responsabilidad, sino vocación. Ganas de seguir o de volver. Entusiasmada ceguera.
El amor es una especie de condena feliz.