14.12.05

El futuro está en el aire

Es antigua la afirmación de que el futuro no existe. Se dice que en el instante en que cobra existencia, el futuro deja de ser futuro, para convertirse en presente, y luego en pasado.
El futuro viene hacia nosotros. Y de todas las estaciones del tiempo, el futuro es la más liviana, la más irreal. Al presente lo vemos en los objetos ahora, y el pasado se puede refugiar en las cosas, lo rescatamos con recuerdos. Pero el futuro es aire, un gas compuesto de variadísimas ficciones, opuestas a veces –y siempre políticas–, pero continuamente ficciones renovándose.
El futuro es pura fantasía, proyecciones que arriesgamos a favor de los pronósticos, pero que sufren el asedio del azar, amenazadas por las determinaciones que llegarán desde la vida o desde la helada intemperie.
El futuro está en el aire, y no solamente porque no exista. Hasta ahora, en la historia, el futuro siempre ha estado arriba, flotando, elevándose. Todas las ficciones religiosas colocaron a los dioses en espacios elevados y gaseosos, en paraísos imposibles. Limbos entre nubes, olimpos, árboles enormes: desde tiempos antiguos se comprendió que las esencias ascendían, y que nuestro destino estaba arriba.
Abajo, por supuesto, quedaban el pasado, la muerte, el dolor y todo lo que provocaba miedo y merecía olvido. Bajo tierra se dejaba a los cuerpos, para que se corrompieran sin alma. Abajo también estaba el infierno. Incluso hoy nos hundimos en la depresión o en la decadencia, y elevarse hacia una de esas dos condiciones sonaría como algo extraño, generaría no pocos equívocos.
Arriba y abajo son conceptos más enfrentados que negro-blanco, izquierda-derecha, sur-norte. Sólo el arte de vanguardia ha reclamado ciertos valores que encontraba en los barrios bajos, en las bajas pasiones, en el delicioso infierno. Pero en seguida, y porque al fin y al cabo se trataba de arte, esa vocación por lo bajo se transformaba en una sensación elevada, una experiencia espiritual que ascendía hasta –por lo menos– el cerebro, para poder expresarse y convertirse en obra.
Todo se eleva. Si le hacemos caso a Charles Darwin, la vida nació en el agua, con imprecisos organismos que intentaban surgir hacia el sol. Luego hubo pequeños seres que se animaron a caminar por la orilla, y con el tiempo pudieron volar por el aire, con la ayuda de los siglos prehistóricos y del azar genético.
Y los humanos, la raza valiente, también quieren elevarse. Además de quienes buscaban la salvación –en aquellas antiguas ficciones religiosas–, hubo personajes con una fe mucho más técnica, que murieron inventando aparatos inútiles o aleteando contra el sol.
Sigue sucediendo. A veces explotan los taxis espaciales.
El aire nos obsesiona hasta el punto en que no importa la muerte. Sólo hay que poner rumbo a alguna estrella, o hacia Dios, o hacia alguno de esos objetivos elevados hacia los que nos llevan los motores de la moral o la política.
Todo lo humano tiende hacia el espacio.

(La inspiración es de Marcos Rodriguez Fazzone)