3.10.05

Borgeana y conservadora esperanza

¿Qué hubiera pasado si Borges se hubiera permitido los errores? O mejor: ¿qué hubiera pasado si Borges se hubiera propuesto cometer errores?
Se hubiera convertido en César Aira.
Leo Cumpleaños, que Aira se permitió escribir al filo de sus 50 años, y me doy cuenta de que Borges sólo se animó a rozar la llamada metaliteratura.
Aira siempre ha estado hablando de literatura. Y Borges también, pero más tímidamente. En su ceguera, la falta de estilo era el horror desconocido, la vanguardia sangrienta. Esribir ridículamente era para Borges algo así como el fin del saber, en el que todas las cosas, malas y buenas, tienen el mismo valor. Nunca pudo dar ese último paso, y renegaba de sus primeros escritos (un gesto romántico, típico también de su falsa modestia). Nunca logró ser posmoderno. Aunque se reía de sí mismo, siempre tomó en serio su propia literatura. Mientras Foucault lo citaba en sus libros, él se abrazaba con Videla.
Está claro que a los abismos solamente se los puede mirar. Y digamos que Aira mira desde el borde, y Borges escucha lo que le cuentan los que estuvieron en el borde.
Entiendo que las comparaciones están también lejos de ese borde, pero en el camino más nos vale ir entendiendo algunas cosas.
Aira se ha dado el gusto de reinventar el estilo. Ahí está ahora, incómodo con el estilo inventado, produciendo y dudando con su estilo. (Aquí el paréntesis es para su amigo Osvaldo Lamborghini, que arrojó por la ventana la máquina de escribir de su esposa, después de una discusión sobre el estilo. "¡A no gustar!", dice la mitología literaria que reclamaba Lamborghini, ante los gestos refinados de su nada revolucionaria mujer.)
Aira por suerte ha abandonado las revoluciones fáciles. Es un tipo productivo, pero lento. Lo suyo está lejos del leninismo del lenguaje, de la vanguardia sorprendente. Es desparejo, y por eso acumula –en el proceso de una vida– textos que pueden servir para vislumbrar las verdaderas revoluciones, las que se producen en las ideas después de una inmunda acumulación de experiencias populares, de vidas sin estilo que Borges nunca hubiera tolerado, o que hubiera estilizado con sus compadritos de sensibilidad gay, o su Funes analfabeto y filósofo. Nunca se animó a la verdadera bestialidad.
La literatura de Aira tampoco se anima a muchas cosas, pero no busca servir ni comprobar, sino que trata de construir nuevas percepciones. Es como si la figura retórica de la nueva revolución fuera –sin rimas– la aliteración: una sorprendente acumulación de sensaciones, que por deforme todavía se nos hace incomprensible, pero sobre la que van a escribir los próximos cerebros que puedan reconocer los ecos, y evitar la televisión.
Esta es mi (borgeana) esperanza.